Querido Dios que no existes:

Siento interrumpirte o ¡repámpanos!, quizá no lo sienta tanto. Supongo que estarás creando planetas en alguna galaxia desconocida cual niño que juega con los legos o intercambia cromos. Yo no lo sé, no soy como tú a pesar de hacerme a tu imagen y semejanza (o eso dicen).

¿Por qué concentras todos tus esfuerzos en no existir? La Nada tendrá su halo especial, es cómoda, tranquila y no hay que pagar impuestos ni declarar a Hacienda. Pero, ¿no ves que así la gente tiene que pensar por cuenta propia para darle sentido a su vida? ¡Para algunos es una hecatombe! Me gustaría saber qué clase de ridícula idea te hizo popular entre los hombres hasta el punto de que se olvidaran de sus hijos y se arrodillaran ante ti. Desde esta fortaleza en el mar yo te exijo que me respondas por qué asesinaste la Libertad.

Porque la masa dejó de erguirse valiente desafiando el transcurrir de las eras. En el instante en que los hipnotizaste con tu faz de piedra, en forma de ídolo gutural salvaje, comenzó su miedo a las estrellas. Las luces del cielo dejaron de ser nuevas millones de hogueras que ardían en el cielo, atractivas y cobijantes, y se metamorfosearon en enemigas frías de lanzas de plata. Y robaste al orgulloso humano su razón y su deseo, lo encerraste en una jaula de titanio bien cebado. Absorbiste todo su genio artístico guiando el trazo de sus manos y creando bisontes de carboncillo prehistórico en las paredes de la caverna. Y no te preocupó que los chamanes se ornamentaran con ridículos huesos aleatorios y proclamaran que cumplen la voluntad que dicta tu Nombre.

Dios
Quemaste su vida de manera lenta y dolorosa, bajo tu mirada; lo despojaste vilmente del fruto de su trabajo. Fuiste adorado de maneras camaleónicas, Zeus, Odín, Astarté, Baal; en cordero de oro, pira crematoria de sacrificios y puñal de madrugada te transmutaste. Tu árbol genealógico es un río de sangre cuajado en vísceras cuyo manantial primigenio no ha dejado de escupir bilis. Guiñaste un ojo a los compactos ejércitos de jinetes que clavaban espadas por el esternón haciendo la señal de la cruz como única forma de esgrima, fuiste Juez y Verdugo Líder de los procesos inquisitoriales protestantes y católicos. Treinta años retumbaron los cañones en Europa por ti, querido Dios. Y los curanderos juraban y perjuraban sanar con tu Don, matando y engañando implacablemente a enfermos ignotos sin que levantaras ni una ceja; los monarcas firmaban edictos de masacre haciéndose pasar por hijos tuyos, ¿los reconociste alguna vez? Tres mil inocentes sujetos que amaron, odiaron y soñaron fueron despedazados por el fanatismo que aniquiló altivas, bellas Torres Gemelas que hicimos para acercanos al cielo real y no a la fantasmagoría que dices representar en tu Gloria. Esas bestias dogmáticas gritaron que tú eras grande antes de morir por ti, Dios; y su cara más cínica y señorita aparece en los programas de televisión predicando, sacando ficticios demonios y verídico dinero a incautos que se deshacen en lágrimas porque te quieren. Has dibujado a pincel la sonrisa de Benedicto XVI después de proclamar la malignidad del condón y condenar a la muerte a los africanos que abrazan a sus misioneros porque son buenas personas y confían en los constructores de escuelas de su poblado. ¿Por qué tanta mentira, Dios? Creerás, en tu propio credo, que siempre será igual.

Pero el Hombre se liberará y pensará por sí mismo. ¡Que tiemblen las columnas de tu propia Creación porque ella será tu vencedora y te arrastrará con el carro de la Lógica por la vieja Troya en llamas donde lo confinaste! Y sabes bien que el Hombre entonces no tolerará otra sinrazón más, de ningún agujero oscuro. Dios, quedarás desterrado de ti mismo y nadie reclamará tu presencia para ajustar cuentas o dejar de deslomarse sin asumir su precisa responsabilidad como individuos. Aprendimos, quizá demasiado tarde, a pronunciar una frase hermosa que revela lo más sencillo de la Humanidad: “No lo sé”.

Te has hecho demasiado pequeño para nosotros y no has querido ver este irrefutable hecho ni retirarte a tiempo, saco de huesos decrépito en el filo del infinito. Con nuestra curiosidad descubrimos fascinamos que no somos el centro, tu centro, y tú tampoco. Las órbitas giran y sabemos por qué lo hacen, viajamos a lo más lejano y lo más pequeño sin tu ayuda; somos partícipes de las maravillas más recónditas y tú no te escondes ya en ellas porque no puedes. No requerimos ese bastón caduco y rancio al que se aferraron nuestros antepasados de la Edad de Piedra.

Y hemos dejado de temer a las estrellas.

Carta abierta a Dios
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